Últimamente, la mayoría de los días despierto gris. No sé lo que hacer al salir de la cama, tengo la impresión de que los minutos se me escapan entre los dedos. Y busco la compañía como si fuera lo único que pudiera salvarme. A veces, Madrid se despierta como yo, igual de gris, y se despereza con atascos y semáforos entre niebla. Entonces, la ciudad y yo somos uno, y tratamos de consolarnos mutuamente.
¿Cómo se aprende a volver a estar solo, a salvarse uno mismo, sin nadie?
En La Ciudad de las Zanjas, cuya principal característica es precisamente estar siempre llena de agujeros, hay obras que nunca se saben si son eternas o sólo lo parecen. Es el caso de las de la Puerta del Sol, donde Fomento construye una macroestación de Cercanías. Esto es lo que se ve primero desde un agujerito, y luego desde una puerta -que los obreros, convenientemente, cierran.
Este miércoles, ha vuelto con fuerza la lluvia. La Diosa Cibeles, harta de que la pisoteen por títulos ganados injustamente, contemplaba impávida la llegada del otoño. Coches y autobuses, mientras, seguían a lo suyo, sin hacer caso de estas primeras gotas. El campo estará verde, mas no por aquí cerca.
En Sol también llueve, pero con más fuerza, y los paraguas no tienen dónde resguardarse.
Los carteles turísticos de La Ciudad de las Zanjas están escritos en español, en inglés y -acaso absurdamente- en japonés. De hecho, se trata de la única ciudad del mundo no japonesa con letreros en esta lengua asiática. Pero es que, además, de vez en cuando alguien pone algo sobre las ya de por sí extrañas señales, creando un efecto curioso. ¿Qué anuncian realmente?
Hay días -pocos- que no estoy muy feliz. Que tengo bajones, o falta de alegrías. Si puedo, intento ir a la Gran Vía, lo más cercano a un río que hay en la Ciudad de las Zanjas. Cuentan que si te acercas a un río, cargado de problemas, y le susurras al agua tus penas en voz alta, el agua se lleva tus pesadillas y malos sueños corriente abajo. También dicen que el secreto es que, al escucharte recitar tus propias miserias en voz alta, tú mismo te das cuenta de que no tienen tanta importancia.
La Gran Vía es un río, aunque de gentes y coches. Por muy mal que estés, las personas y el tráfico no cesan nunca, y tus problemas les importan poco. Por eso, cuando no estoy bien recorro despacio esta calle, y le susurro a las ventanas mis penas. Me suelo quedar mucho más tranquilo.
Los domingos, en Madrid, son para ir a La Latina. Hay plazas con gente que intenta beber cerveza cuando la policía municipal -siempre preocupada de lo importante- no lo impide, hay guitarras, hay kebabs, hay poemas pasajeros, hay rastro y, como no, hay un cielo azul que preside la escena.
Esta semana, el alcalde de la Ciudad de las Zanjas nos llevó a visitar la Cája Mágica, el futuro centro de tenis de Madrid, acompañado por el arquitecto del proyecto, Dominique Perrault. Y allí que estuvimos, viendo unas obras que están “al 25 por ciento” (???) y que el año que viene acogerán el Master Series de tenis de la capital.
Este martes me he ido de viaje a Humanes -Madrid- para ver la interesantísima inauguración de un pequeño tramo de una pequeña carretera. De camino, he saludado al solar del Windsor.
Fui a hacer un reportaje sobre el Metro Ligero a Boadilla -ese del que tanto se quejan los vecinos- y, de camino, grabé un vídeo. La que sale conmigo es Marta, fotógrafa del periódico.